Veleros

Compra y vende veleros en Costa Rica.

En Costa Rica los veleros forman dos mundos que casi no se cruzan. Uno es el de la vela ligera y los catamaranes de playa, que se arman en la arena de Guanacaste o salen del club de yates de Puntarenas. El otro es el de los veleros de crucero que llegaron navegando por el Pacífico y hoy esperan en una boya en Golfito, algunos a que aparezca un nuevo dueño. Nuevos o usados, van desde un Optimist que un niño arma solo hasta un catamarán de travesía con un camarote en cada esquina. Quien busca cada uno es distinto, y lo que debe revisar antes de pagar también.

Por ahora no hay anuncios activos en Veleros.

Del Optimist en la playa al catamarán en Golfito:

lo único que comparten es el mástil. La vela ligera es el extremo pequeño: el Optimist con que arrancan los niños, el ILCA, que casi todo el mundo sigue llamando Laser, y los botes para dos como el RS Feva. Los catamaranes de playa como el Hobie Wave y el Hobie 16 son rápidos, nobles y se suben a la arena después de cada salida. Los veleros pequeños de quilla como el Santana 22 suman una cabina chica y esperan en una boya o sobre una de las carretas. Más arriba están los barcos donde la gente vive: monocascos de Beneteau, Jeanneau o Catalina, trimaranes plegables como el Corsair y catamaranes de Lagoon, Leopard y Bali, los mismos diseños que hacen los paseos al atardecer desde Playas del Coco y Tamarindo. Sus botes auxiliares inflables se anuncian con las lanchas neumáticas.

El catamarán se gana su precio fondeado:

dos cascos navegan planos, le dan a cada pareja su propio camarote y calan tan poco que entran en bahías bajas. El monocasco escora, pero ciñe más al viento, golpea menos en una ola corta y sale más barato de sacar del agua, porque cabe en cualquier grúa de varada y en un atracadero normal. También pesa dónde va a navegar: el viento es más constante frente al norte de Guanacaste que hacia Osa, donde los días de poco viento favorecen un barco con mucha vela o un motor de confianza. En vela ligera, el Optimist y el ILCA son los que tienen flota de regata. El catamarán además conserva su valor mucho mejor que el monocasco. Uno de crucero de cuarenta y tantos pies sigue pidiendo alrededor de $600.000 con diez años encima, mientras que un trimarán o un monocasco de unos treinta pies ronda los $100.000 o menos. Dentro de cada grupo, una jarcia gastada o unas velas cansadas son una cuenta que el comprador resta antes de ofertar.

La jarcia firme delata a un velero usado:

pregunte cuándo se cambió el cable por última vez y mire dónde entra cada obenque en su terminal. Óxido que chorrea de un terminal prensado, o una grieta fina en él, quiere decir que toca cambiar la jarcia, se vea como se vea el casco. Manchas de agua por dentro, bajo los cadenotes, indican una filtración lenta hacia la estructura. Busque grietas en la unión de la quilla con el casco y mueva el timón para sentir si tiene juego. Despliegue las velas: si la tela se siente como papel y las costuras ceden con la uña, ya llevan años de sol tropical. En un catamarán, encienda los dos motores, revise las dos colas saildrive y mire debajo del puente entre cascos por daños de golpeteo. Un barco que salió de una flota de alquiler ha exigido sus winches, baños y cocina más que cualquier dueño particular. Un bote de vela ligera o un catamarán de playa es más sencillo. Presione a lo largo del casco de fibra de un Hobie buscando zonas blandas donde la piel se despegó del núcleo, revise el trampolín por podredumbre de sol y las piezas del timón por grietas, y mire las quillas de desgaste, adelgazadas de tanto arrastrar el bote por la arena.

Un velero que llegó navegando:

diga dónde está, en una boya en Golfito, en el club de Puntarenas o sobre su carreta en la casa, y bajo qué bandera navega, con los documentos que lo acompañan. Ponga por separado la edad de la jarcia, la de las velas y las horas del motor, porque esas tres cosas mueven el precio más que el año de construcción. Detalle las velas, la electrónica, el piloto automático o la veleta, y si el bote auxiliar y su fuera de borda se quedan a bordo. Fotografíe la cubierta, la cabina, el motor y cada vela izada. Muchos veleros de crucero los vende un dueño que terminó una travesía larga y piensa volar a casa apenas lo entregue, así que quien baja desde Santa Ana querrá saber cuánto tiempo más se queda el barco y si hay tiempo para una prueba a vela.