Libros De Cocina
Compra y vende libros de cocina en Costa Rica.
El primer recetario costarricense lo escribió una cartaginesa a inicios del siglo veinte, y más de la mitad son postres; con los años se volvió a editar. Los libros de cocina, nuevos y usados, van desde títulos de patrimonio como ese y los recetarios regionales que salieron de los certámenes de comidas tradicionales hasta los libros de chef pensados para lo que trae la feria, los manuales de repostería, las recetas para freidora de aire y los importados de tapa dura en inglés y en español. Una mancha de salsa en la página del gallo pinto no es un defecto. Una receta recortada con tijera, sí.
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Libros de cocina tica, del clásico de patrimonio al libro de chef:
el estante nacional es corto y bien definido. La cocina costarricense de Juana R. de Aragón es el texto fundador, que hoy se lee en una reedición a cargo de la investigadora Marjorie Ross. Al calor del fogón, de la misma Ross, rescata siglos de cocina criolla, y su Entre el comal y la olla sigue las raíces indígenas, españolas, africanas e italianas de lo que se cocina aquí. Cocina contemporánea de Costa Rica y Auténtica, de Isabel Campabadal, llevan esos productos a una cocina de chef. La serie Cocina tradicional costarricense dedica tomos a regiones de Guanacaste a Limón y la Zona Sur, con recetas que gente de casa mandó a los certámenes de comidas tradicionales, impresas tal como las escribieron. Las recetas para la cocineta del campamento encajan mejor en libros de actividades al aire libre, y las guías para empezar a darle comida al bebé van con los libros de crianza.
Un recetario para la feria o uno importado:
todo depende de qué se consigue un sábado en la mañana. Los libros escritos aquí piden chayote, tiquizque, pejibaye y natilla, y Auténtica gira alrededor de lo que vende la feria del agricultor. Los importados, sobre todo los estadounidenses, dependen de cortes y quesos difíciles de conseguir o caros aquí, y miden en tazas y grados Fahrenheit, mientras que los de España y buena parte de Latinoamérica trabajan en gramos. En repostería eso pesa más: un manual en gramos se sigue con mucha más precisión, si en la casa hay pesa de cocina. En los libros de patrimonio, las recetas de los certámenes y los textos antiguos conservan la redacción de quien cocinaba, así que las cantidades a veces van a ojo, y le sirven más a quien ya sabe a qué tiene que saber el plato.
Recetarios regionales gratuitos y clásicos agotados:
los tomos regionales se pueden descargar gratis, así que un ejemplar impreso se vende por poco. Lo interesante está en los extremos. Los importados de fotos brillantes, que muchas veces llegaron de regalo y casi no se abrieron, aparecen como nuevos por una fracción de lo que costaron: son las gangas más fáciles. Los títulos nacionales que llevan años sin reimprimirse y las primeras ediciones de libros que después se corrigieron casi solo se consiguen usados, y uno limpio sostiene su precio porque no hay ejemplar nuevo con qué compararlo.
Un libro de cocina que ha vivido al lado del fogón:
muestra su historia en las páginas donde más se cocinó, y por ahí se empieza. Déjelo abrirse solo: un lomo que se quedó plano en la receta favorita no es problema, pero uno partido suelta cuadernillos enteros. La grasa vuelve el papel transparente y la masa pega las hojas, así que hojéelo completo y fíjese en que nada se rompa al separarlas. Las hojas arrancadas, las recetas recortadas con tijera y la sobrecubierta perdida le restan valor a un título de colección. Los ajustes a mano en el margen suman en un libro de trabajo. La página legal dice qué edición es, y con el texto de Aragón lo prudente es suponer que se trata de la reedición moderna, salvo que el vendedor demuestre lo contrario.
El estante de recetas de la abuela:
es de donde salen muchos de los mejores libros de cocina usados, junto con quienes ya cocinan con el celular en la mano y quien recibió el mismo libro dos veces. Indique autor, edición e idioma, fotografíe la página legal para aclarar la edición y agregue la página más manchada para que nadie se lleve sorpresas. Los lotes por tema, unos cuantos de repostería o la serie regional completa, se mueven mejor que los libros sueltos, y quien viene desde Grecia o San Ramón por una caja quiere la lista antes de salir. Si aparece un cuaderno de recetas escrito a mano, merece su propio anuncio con fotos honestas de algunas páginas: Marjorie Ross usó cuadernos así para reconstruir la historia de las cocineras del país, y es lo único de la caja que no existe en ningún otro lado.